La vivienda ha sido uno de los productos inmobiliarios donde más excesos se han cometido en los últimos años en España, sino el que más. Obviamente no estoy descubriendo nada nuevo al afirmar esto, pues buena parte de los españoles están comprobándolo en sus propias carnes (y carteras) de manera directa. Pero este drama social y el ruido que en ocasiones genera no deben hacernos ciegos a las dos verdades que lo sostienen, y a las que tenemos que enfrentarnos queramos o no.
Una de ellas -sobre la que no me siento autorizado para opinar- es la importancia que para cualquier persona o familia tiene el hecho de contar con una vivienda, como dice la constitución, digna, y la trascendencia de perderla. La otra, ésta más mundana pero más abordable, es la percepción que tiene la sociedad de nuestro país de la posesión de una vivienda.
Es sabida la aversión que tenemos al alquiler, con niveles muy inferiores a los de otros países en Europa, y ello a pesar de las campañas, ayudas, reformas y llamadas que desde hace décadas se vienen haciendo para fomentar el arrendamiento de viviendas. Siempre han sido mucho más fuertes los dos mantras que, insistentemente, los expertos inmobiliarios de barra de bar proporcionaban a quien se pusiera a su alcance: "alquilar es perder el dinero; compra, que el ladrillo nunca baja". Y mi favorito: "mi casa no es una inversión, es mi hogar".
Sin embargo, por mucho que intentemos engañarnos, comprar una vivienda es hacer una inversión, incluso aunque la adquieras para vivir en ella. Una inversión ilíquida, a largo plazo y que suele soportarse en un fuerte endeudamiento es decir, una inversión de riesgo. Prueba de ello es otra de las frases más oidas en la época pre-crisis (aquella en la que estábamos infectados por un virus que aún no había causado síntomas, ¿recuerdas?): "dentro de cinco años, vendo mi casa y me voy a otra más grande, y seguro que además le saco un rendimiento". Eso, ¿es o no es invertir?
Según la RAE, invertir es emplear, gastar, colocar un caudal, y tanto más cautos debemos ser cuanto más dinero ajeno empleemos, véase el obtenido mediante un préstamo hipotecario. De manera que cuando oigamos que alguien ha perdido su vivienda, entendamos que lo que ha perdido es la inversión que hizo en un inmueble que convirtió en su vivienda. Pensemos en una familia que hubiera dedicado esa inversión a un alquiler; en momentos difíciles le es mucho más sencillo buscar una viviena más barata, más sencilla, peor situada que le permita ajustar sus gastos.
Por supuesto no me estoy refiriendo a aquellas situaciones extremas, por desgracia frecuentes en los últimos tiempos, en que personas sin ingresos se ven en la calle, como dije en ese tema no puedo ni quiero entrar.
Y esto, ¿tiene solución?
Para aliviar los síntomas, poco más que cuidados y cariño, pero a largo plazo sí esta de nuestra mano hacer más profundo el conocimiento por parte de los ciudadanos de las implicaciones que tiene una inversión en vivienda. En mi opinión, eso solo se consigue con dos cosas: educación y acción pública.
Educación a las personas que formamos el país, enseñando desde la escuela los concepton básicos de economía y riegso que permitan comprender las múltiples implicaciones que nuestra opción sobre qué decisión tomar puede tener.
Y acción pública porque todos debemos sentir que en último término hay una administración que vela por mí. y es capaz de faciliar una vivienda a quien lo necesite, una vivienda digna, tampoco pidamos peras al olmo, que los caprichos no me los deben pagar los demás ciudadanos. No estoy hablando de regalar viviendas, ni siquiera de subvencionarlas, sino de buscar soluciones concretas a problemas concretos utilizando los recursos públicos.
Es solo un leve cambio de punto de vista, que sin embargo puede revelar grandes verdades que hasta ahora permanecían ocultas.
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